Un viaje de iniciación

La hora de emprender el viaje había llegado. La aventura me esperaba ahí afuera. Ya no se trataba de una visión del futuro o de un ejercicio de mi imaginación; estaba sucediendo. Aunque, de alguna forma, sentía que ya había sucedido.

En el transcurso del año previo había reproducido tantas veces aquel momento en mi cabeza que era difícil afirmar que ya no lo había vivido. Las sensaciones, los sentimientos encontrados, la inquietud. Todo estaba ahí, tal y como lo había visto en muchas ocasiones y por eso se me hacía extrañamente familiar . Pero más allá de esa suerte de deja-vu que experimentaba, lo cierto era que nunca en mi vida había pasado por nada igual.

Detrás habían quedado los tramites, los aprontes, la cuenta de los días en el almanaque que me separaban de ese día, las despedidas, los nervios, las ansiedades . Detrás había quedado la espera.

En aquel momento perdido en la inmensidad del tiempo, la realidad y mis sueños confluían en un solo camino y se volvían indistinguibles el uno del otro. Ahí estaba yo, donde todos los eventos de mi vida me habían conducido: a bordo de aquel avión, rodeado de desconocidos, partiendo de mi país hacia lo desconocido, hacia terra incongnita. Era el comienzo de  mi viaje de iniciación.

Cuando el  avión encendió sus motores y comenzó a moverse lentamente, no pude evitar estremecerme. Empezó a alejarse del aeropuerto y a dirigirse hacia la pista. Entonces , sin haberlo planeado, comencé a recordar a todas las personas significativas de mi vida y que dejaba atrás; todos desfilaron rápidamente por mi memoria. Lo incierto de mi futuro me hizo preguntarme cuanto tiempo pasaría para que los volviera a ver. Pero no era preocupación lo que sentía; solo agradecimiento y serenidad. Por todo. Por cada pieza del puzzle de mi vida que me había permitido llegar hasta ese momento que atravesaba.

Las lágrimas comenzaron a fluir y a caer por mis mejillas y traté de disimularlo; no me gustaba la idea de llorar rodeado de desconocidos. Me emocionaba , inquietaba y excitaba en igual medida el hecho de alejarme de todo lo conocido y dirigirme hacia lo incierto. Tenía muchas ganas de llorar asique por un breve momento no detuve a mis lágrimas.

El avión empezó a tomar velocidad y los motores rugieron. Suspiré y cerré los ojos. Y entonces sentí increíblemente magnificada esa sensación de libertad que tanto me gustaba sentir durante mi niñez; cuando  viajaba en bicicleta hasta alguna plaza de mi barrio, guiado por un mapa que yo mismo hacía. Aun en aquella diminuta realidad en la que vivía, me fascinaba perderme por ahí, aunque fuese cerca y aunque fuese solo por un rato. Durante años lo había olvidado pero siempre había estado ahí: mi destino no se limitaba a los parámetros de mi zona de confort.

Las ruedas abandonaron tierra firme y el avión finalmente despegó. Abrí los ojos y aún empapado en lágrimas, mire por la ventanilla hacia afuera. El cielo azul de aquella mañana de verano era hermoso y el sol brillaba con fuerza sobre mi ciudad que comenzaba a quedar diminuta, allá abajo y a volverse más y más lejana.

Mientras me maravillaba con el paisaje, pensé una vez más en todo lo que me aguardaba en el futuro; presentía que se trataría de una experiencia increíble pero por supuesto, aquello no era nada más que una vaga intuición de lo que en realidad me esperaba.

Sonreí feliz . Atrás quedaban mis miedos, adelante… mis sueños.

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