El último de los demonios

Esa noche todos los miedos que había exorcizado para emprender el viaje , regresaron materializados en una pregunta que había caído repentinamente sobre mí, como un rayo mortal: “¿Qué carajo estoy haciendo?”

Eran la 1 a.m. y yo daba vueltas en mi improvisada cama, en el piso del apartamento de un desconocido, en algún lugar de Paris.

De niño había visto muchas veces en diversos dibujos animados aquellas voces de la conciencia encarnados como un pequeño ángel y un pequeño demonio que le hablaban al oído a algún personaje, cuestionando sus acciones e incitándolos a que tomaran una determinada decisión. Por supuesto, era una simplificación extrema de un complejo proceso mental por el que todos pasamos en distintos momentos de nuestras vidas pero servía para comprender, de manera gráfica, lo duales que podemos llegar a ser. Y a modo de ilustrar mi vida como la de esos universos de dibujos animados, aquel instante que atravesaba era la parte en la que me enfrentaba a mi demonio personal hablándome al oído. Y no dejaba de buscar que me replanteara y me preguntara muchas cosas sobre mi entonces actual experiencia.

“¿Qué estoy haciendo solo ,en la otra punta del mundo, durmiendo en la casa de alguien que no conozco? ¿Cómo llegué hasta acá ? ¿Qué tal si todo sale mal? ”

Un repentino pánico se adueñó de mi. De pronto, mi realidad carecía de total sentido; de pronto todo se me antojaba abstracto e irreal. Me sentía como que despertara de un estado de inconsciencia , como que me hubieran quitado un velo que me cubría los ojos y de cara a un mundo que no entendía, tenía que reorganizar las piezas en mi cabeza para comprender como había llegado hasta ahi.Entonces, repase los eventos que me habían conducido hasta ese sitio para reordenar lo que vivía.

Estaba en el apartamento de un desconocido porque estaba teniendo la primera experiencia couchsurfing de mi vida; quedándome en la casa de un extraño con el que había contactado unos días antes y quien me había recibido con la hospitalidad que se recibe a alguien que se conoce de toda la vida. Estaba en Paris porque había llegado la tarde del día anterior en un vuelo desde mi lejano Montevideo . Me había ido de Uruguay para estudiar ingles en Dublín, Irlanda en donde viviría 7 meses y antes de empezar mi odisea en aquel país  había decidido visitar Paris . Había podido emprender aquella travesía por seguir mi corazón. Había podido seguir mi corazón porque una serie de circunstancias se habían dado para que ello fuese posible.

La cadena de eventos que me había llevado hasta ahí era infinita. O quizás no. Al menos podía retrotraerme en la cadena de eventos , unos 13.800 millones de años atrás hasta el mismo nacimiento de nuestro universo, si así lo quería. Parafraseando al gran Sagan: “para emprender una travesía, primero necesitas un universo” .

Como fuese, todo se me hacía muy demencial. Hacerme la vista gorda no parecía ayudarme mucho; seguía sintiéndome desorientado sobre las razones que me habían movido hasta  aquel rincón de nuestro planeta y no dejaba de replanteármelo todo. Eran ya casi las 2 a.m. y mi  pequeño demonio personal simplemente seguía sin callarse.

Pero, un momento…¿cómo era posible que este demonio había sobrevivido al exterminio masivo de todos los demonios que había hecho antes de viajar? . Les había declarado la guerra a todos ellos y los había eliminado, uno por uno. Sin embargo el hecho de enfrentarme a la incertidumbre que me despertaba el porvenir de mis acontecimientos futuros había provocado un escenario oportuno para la reaparición de uno de ellos. El asunto es que los miedos son el caldo primordial del que surgen estas pequeñas criaturas. Y esa madrugada en Paris, el miedo me había encontrado dando vueltas en la cama.

No fue hasta el otro día, tras una noche prácticamente en vela y un vuelo que casi pierdo, cuando finalmente llegue a Dublín y caminé por primera vez por las calles de esa ciudad y me emocioné y caminé feliz en la lluvia y me empapé y me perdí y se me rompió la maleta y putee y me volví a perder ,cuando finalmente terminé de purgar mis miedos.

Esa noche lluviosa irlandesa, pese a todos los contratiempos y adversidades, elegí seguir para delante, no importara lo que pasara porque elegí pensar que al final todo es parte de la aventura y que todo me iba a ayudar a crecer; que lo que no me matara, me iba a fortalecer.

Todos tenemos la capacidad de sorprendernos a nosotros mismos viendo lo que podemos lograr al desafiarnos a derrumbar los límites de lo que creemos; esa noche me tocó a mí.
No tener a nadie cercano a quien pedirle ayuda en la calle excepto a desconocidos me hizo dar cuenta que ahí afuera en el mundo, en lugares ajenos, hay gente de buen corazón, dispuesta a darte una mano; a recibirte en su casa como si fueras un amigo de toda la vida; a prestarte su teléfono para hacer una llamada; a ayudarte a orientarte en el lugar.

El último de mis demonios había quedado aplastado y vencido porque al fin lo había entendido: más allá de que todo se ponga negro y que la experiencia parezca que se va a la mierda, el sol siempre está detrás de las nubes. Solo hay que aprender a buscarlo.

Perderte para encontrarte. Y encontrarte para perderte. Siempre.

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