Introspecciones de vuelo o el arte de ver el mundo desde las alturas

Cuando el avión despegó de Auckland me sentí aliviado. Es cierto que no tenía idea de lo que me esperaba ahí adelante en Te Anau pero estaba contento de irme.
Con los sitios en donde estamos nos pasa algo parecido a los que nos sucede con las personas con la que nos involucramos sentimentalmente; desarrollamos una distinta conexión.Y mi fugaz relación con Auckland había tenido los ingredientes de una relación tumultuosa: había sido intensa y con muchos altibajos, la había querido y la había odiado. Y eso había sido una gran motivación a la hora de decirle adiós a Auckland y buscar cambiar drásticamente el escenario de mi aventura, tal y como lo estaba haciendo.

Por suerte me había tocado ventanilla en el avión asique pude ver a la ciudad alejándose a medida que la aeronave levantaba vuelo. La observé hasta que se volvió diminuta y eventualmente desapareció debajo de las nubes. Y entonces sentí algo que siento siempre que vuelo; sentí que mirar el mundo desde arriba es alejarme por un momento de los asuntos humanos.

Sucede que en el momento que me logro abstraer del entorno del avión y me concentro mirando por la ventanilla hacia afuera, siempre consigo tener la misma sensación. El ya no ver casas, edificios, autos, rutas o calles si no solo ver pequeñas formas sobre una superficie, ver que las montañas se convierten en hormigueros, las edificaciones en pequeñas cajas, los autos en diminutos puntos que se mueven por una gran línea y las nubes en grandes pedazos de algodón que flotan a mi lado, hace para mi que todo se vuelva irreal de repente. Como si la escenografía de la vida que siempre veo, fuera parte de un fraude.

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Siempre me resulta fascinante ver todo volverse diminuto en la lejanía.

Paradójicamente,por momentos también puedo sentir que desde arriba todo se ve más real, como si de repente mi vida en este mundo se viera ubicada en una escala más auténtica al contemplar todo desde la lejanía.
Supongo que la experiencia puede ser apreciada desde tales opuestos puntos de vista.

«Ahora mismo me siento como alguien en un laboratorio que observa con curiosidad un diminuto y extraño mundo que le es ajeno por un microscopio», me dije sin dejar de mirar para afuera por la ventanilla «O como un extraterrestre que observa con ternura los movimientos de una curiosa forma de vida que se arrastra por la superficie de un planeta. O como…»

        —¿Le sirvo algo de tomar, señor? —me interrupió la azafata, sacándome de mis profundas cavilaciones. Estaba de pie enfrente a mi con el carrito y ni la había visto.

         —Coca cola, por favor — le respondí con una sonrisa.

La interrupción de la azafata me recordó que lo de alejarme de los asuntos humanos era una mera ilusión.

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Un hermoso estratovolcán que aprecié cuando estaba sobrevolando la isla sur.

Por mucho que me abstrajera mirando todo desde la altura sintiéndome un extraterrestre estudiando los movimientos de una curiosa forma de vida o un científico en un laboratorio observando vida microscópica, al final todo aquello era ilusorio. Porque ese pequeñito mundo que observaba no era más que la realidad en la que vivo. Porque arriba de ese avión era tan solo uno de los puntitos que viven arrastrándose por la superficie viéndose a sí mismo y a su mundo desde otro perspectiva; maravillandose con la real magnitud de su vidita en este particular planeta del universo en el que me tocó vivir.

Tomé un trago de refresco y mirando por la ventanilla nuevamente, me maravillé mirando las montañas  con sus picos nevados de la isla sur de Nueva Zelanda que comenzaban a aparecer abajo, a lo lejos, cada vez con más frecuencia.

El avión se estaba aproximando a Queenstown,el pueblo a donde me dirigía ya que allí estaba el aeropuerto más cercano a Te Anau.

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El bello Queenstown aguardando abajo, en tierra firme.

Tras un rato, la señal de abrocharse los cinturones se encendió y el piloto dio la indicación por el altoparlante de que iniciaría el descenso hacia tierra firme. Lentamente todos los elementos que formaban el paisaje afuera, fueron recobrando su forma y magnitud común. Las montañas dejaron de verse como hormigueros, las rutas como diminutas líneas y las edificaciones como pequeñísimas cajas. El escenario de la vida volvía a la normalidad y abajo un nuevo capítulo de mi travesía aguardaba.

Recosté mi cabeza en el asiento y suspiré.

“Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia” decía Chaplin. Desde las alturas sin duda que era mucho más fácil darle la razón.

2 respuestas a “Introspecciones de vuelo o el arte de ver el mundo desde las alturas

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